pero al cabo de unos minutos nos deja atrás. Sólo nos podemos guiar por sus aullidos cada vez más lejanos, y avanzamos lentamente. Por suerte, hay pocas nauyacas, serpientes muy venenosas cuya mordedura sería mortal en estas circunstancias.

Caminamos más de tres horas agobiantes. Cuando todo parece indicar que perdimos a los perros, los sentimos aullar a lo lejos. Ya no corren. ¡Han logrado que un jaguar trepe a un árbol!

10:30 am

Veinte minutos después, cuando finalmente los alcanzamos. Javier nos recibe con una amplia sonrisa. ¡Tenemos un jaguar enorme! Cuauhtémoc prepara el rifle con el tranquilizante, y a los pocos minutos el jaguar está en tierra.

Le ponemos gotas en los ojos para protegerlos y le cubrimos la cara con un paño limpio. Medimos el cuerpo, lo pesamos y tomamos muestras de sangre, nos aseguramos de su sexo y de su condición física en general. Constantemente monitorizamos su ritmo cardíaco para comprobar que el tranquilizante no tenga efectos negativos. Cuando terminamos, le colocamos un radiocollar que nos permitirá seguir su deambular durante los próximos dos años. El radiocollar tiene un transmisor que emite una señal que nos dirá donde está el animal. La constante monitorización del